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Paranoias de una friky

Trabajando por amor al arte

Trabajando por amor al arte

Pues eso, trabajando gratis. Y así durante tres meses. Me siento en una mesa que no es la mía a hacer nóminas, a llamar por teléfono a candidatos, a citarlos, a cerrar un año contable lleno de errores y a usar internet para cosas productivas, como poner ofertas de trabajo de camareros en infojobs. Hay programas espía, así que nada de páginas políticamente incorrectas, nada de dejar rastros personales ni nada medianamente entretenido. Sobre esa mesa, una foto de una familia que no es la mía me mira sonriente: dos niños preciosos y un marido de dientes esquizofrénicos no me quitan ojo.

Me causa bastante ansiedad ir allí. No por el trabajo: es sencillo, entretenido y me explican bastante bien lo que tengo que hacer, sino por la gente. ¿Me pegan, me insultan, me acosan sexualmente? No. Pero son muchos. Y yo soy el especímen nuevo al que hay que evaluar y observar minuciosamente. El primer día, conocí a mi tutor de prácticas. Es un hombre campechano, agradable, de mucho hablar, pero también escucha (se quedó con todos los detalles de las tonterías que le dije), paciente y empático. Estoy con él en la oficina, me dice lo que tengo que hacer, y él se pone a lo suyo, hablándome de temas de cola de supermercado y haciéndome amena la tarde. Me llevó a conocer al resto de la plantilla (unas quince personas). Me las presento a todas, entre ellas el director general de la empresa. No recuerdo ninguno de sus nombres, ni siquiera el del director. Todos me miraban sonrientes, y yo detectaba una velada amenaza en sus sonrisas asépticas. Un sudor frío recorría mi cuerpo. Si los hubiera conocido uno a uno, si al menos hubiera tenido un cigarro en las manos para saber qué hacer con ellas...Si tuviera habilidades sociales, si fuera capaz de mantener la mirada, de sonreir cuando toca y de no parecer gilipollas en público. De todas formas, yo suponía que nadie se había percatado de mi ansiedad; pero cuando volvimos al trabajo, mi tutor me dijo que se había dado cuenta de que lo había pasado mal, que había sido culpa suya por presentármelos a todos a la vez. Le dije que desde luego la culpa no era suya, sino mía. No sé qué me preocupa más, si la vergüenza que paso o que la gente se de cuenta de que la estoy pasando.

Me preocupa también que piensen que soy antipática o sobrada de mí misma, cuando mi verdadero problema es que no sé cómo actuar con ellos. Bueno, poco a poco. Sólo tengo que saludarlos al entrar y al salir y hablar con ellos sobre... sobre... no veo la tele, joder, a ver de qué programa les hablo. El tiempo siempre es socorrido. Les preguntaré por las fotos que tienen todos de su familia en el escritorio, puede ser un buen comienzo. Aunque la primera impresión que se llevaron fue que había entrado una autista en la empresa. Prr

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